La noche los alcanzó más rápido de lo que esperaban.
Liam y Valeria caminaban por una calle angosta del centro viejo de la ciudad, lejos de las cámaras, de los edificios de cristal, de las oficinas donde ambos habían aprendido a disfrazar el corazón con trajes caros y silencios calculados.
Ella llevaba una bufanda gris que se aferraba al cuello como si aún hiciera frío. Él, las manos en los bolsillos, los hombros tensos, como si el peso del día se le hubiera pegado a la piel.
No hablaban.
Pero