Liam cerró la puerta de su oficina con un golpe seco.
Se quitó la chaqueta, la lanzó sobre el respaldo del sillón y caminó de un lado a otro con los puños apretados.
No había pasado ni una hora desde la reunión, y ya tenía cinco correos de directivos, dos llamados de su padre y un mensaje de su abogado preguntándole si quería hacer alguna declaración oficial.
Una foto. Una maldita foto.
De lejos, de noche, sin rostros nítidos. Pero bastó.
Porque en el mundo al que él pertenecía, las percepcione