Ángela
Dos semanas pasaron envueltas en una monotonía casi desesperante. Los días se sucedían con un ritmo lento y tedioso. Sin embargo, bajo aquella aparente calma, mi cabeza no dejaba de dar vueltas al beso sensual que Gabriel y yo nos dimos esa noche en su despacho.
Cada mañana, una taza de café aparece sobre mi escritorio (no puedo tomarlo al ser con cafeína). Mi mente ya lo sabe; es Gabriel quien lo deja allí, pero él en ningún momento lo ha confirmado.
La nueva rutina de ese hombre es qu