El viento de la tarde traía un olor a tierra mojada y heno. La hípica estaba vacía, salvo por los caballos inquietos y el sonido de sus cascos golpeando el suelo. Clara ajustaba las riendas de Mara, que reía distraída, pero la risa no alcanzaba a disipar la tensión que sentía. Cada músculo de su cuerpo estaba alerta, como si adivinara que aquel día no iba a ser normal.
Y no lo era.
Álvaro apareció de repente, desde el otro lado del picadero, apoyado en la valla, con esa sonrisa que siempre la d