El pulso del peligro

La hípica estaba casi vacía aquella tarde. El aire tenía ese silencio espeso que solo aparece cuando algo está a punto de romperse. Clara lo notó nada más llegar: los caballos inquietos, el cielo gris, su propio cuerpo demasiado alerta para ser un día normal.

Había decidido quedarse más tiempo, limpiar material, ordenar la cuadra. Cualquier cosa que le evitara pensar. Pero pensar era inevitable.

Álvaro apareció sin avisar.

No hizo ruido. No dijo nada al principio. Simplemente estaba allí, apoyado en la puerta del almacén, observándola como si siempre hubiese tenido derecho a hacerlo.

—Sabía que acabarías sola —dijo al fin.

Clara se giró despacio. No retrocedió. Tampoco avanzó.

—Te pedí que no vinieras más así —respondió, con la voz firme pero tensa—. Esto ya no es un juego.

Álvaro sonrió, pero esta vez no había diversión en su expresión. Era algo más oscuro. Más serio.

—Nunca fue un juego para mí.

—No mientas —replicó Clara—. Siempre lo fue. Sexo, nada más. Eso lo dejé claro desde el principio.

Él dio un paso hacia ella. Clara sintió el impulso automático de retroceder, pero se obligó a mantenerse firme.

—Eso es lo que te dices ahora —dijo Álvaro en voz baja—. Pero mírate. Sigues reaccionando igual.

No la tocó. No hizo falta. Su cercanía bastaba para tensarle los músculos, para traerle recuerdos que no quería recordar: noches rápidas, manos seguras, el vacío después.

—No vuelvas a hablarme así —advirtió ella—. No tienes derecho.

—¿Y él sí? —preguntó Álvaro de golpe—. ¿Marcus sí tiene derecho?

El nombre cayó entre ellos como una piedra.

Clara sintió el golpe en el pecho. —No metas a Marcus en esto.

—Claro que lo meto —respondió él—. Está en todas partes. En cómo te mueves. En cómo me miras ahora, como si yo fuera el problema… cuando en realidad solo soy el que te conoce de verdad.

—No me conoces —susurró Clara—. Nunca lo hiciste.

Álvaro dio otro paso. Ahora estaban demasiado cerca. El espacio entre ellos era peligroso.

—Te conozco lo suficiente para saber cuándo mientes —dijo—. Y ahora mismo estás mintiendo.

Clara sintió cómo la rabia y el miedo se mezclaban con algo más traicionero. Deseo. Uno viejo, aprendido, automático. Y lo odió.

—Vete —dijo, más bajo—. Por favor.

Él la miró durante unos segundos interminables. Luego, sin tocarla, sin una sola caricia, dio media vuelta y salió.

Clara se quedó sola, con el corazón desbocado y las manos temblando.

Se apoyó contra la pared, respirando hondo. Aquello no había sido solo incómodo. Había sido peligroso. No por lo que Álvaro pudiera hacerle, sino por lo que despertaba en ella. Por lo fácil que era volver a caer en algo que sabía que la rompía.

Cuando oyó pasos de nuevo, su cuerpo se tensó… hasta que vio a Marcus.

—¿Estás bien? —preguntó al verla así.

Clara asintió, aunque no estaba segura de estar diciendo la verdad.

—Álvaro ha estado aquí —añadió Marcus, sin rodeos.

Ella lo miró sorprendida. —¿Lo has visto?

—No —respondió—. Pero se nota cuando deja huella.

Clara soltó una risa amarga. —Eso se le da bien.

Marcus se acercó despacio. No invadió su espacio. Se quedó a una distancia prudente, pero suficiente para que Clara notara su presencia como un ancla.

—No tienes que pasar por esto sola —dijo—. Aunque no quieras nada conmigo. Aunque no sepas qué quieres.

Ella bajó la mirada. —Ese es el problema. No lo sé.

Marcus respiró hondo. —Entonces no decidas todavía. Pero tampoco te castigues por sentir.

Clara levantó la vista. Sus miradas se cruzaron. El aire cambió.

No hubo contacto. No lo necesitaban.

Había algo en la forma en que Marcus la miraba —sin exigencia, sin presión— que hacía que el deseo doliera más. Que la cercanía fuera más intensa que cualquier roce con Álvaro.

—Cuando estás cerca… —empezó Clara, y se detuvo.

—Lo sé —dijo Marcus en voz baja—. Yo también lo siento.

Ese reconocimiento fue casi demasiado. Clara dio un paso atrás, no para huir de él, sino para protegerse de sí misma.

—No podemos —susurró.

—No ahora —concedió él—. Pero no me pidas que finja que no pasa nada.

El silencio se estiró entre ellos. Tenso. Cargado.

Entonces apareció Mara corriendo, rompiendo el momento como solo ella podía.

—¡Papá! —exclamó—. ¿Nos vamos ya?

Marcus sonrió, y Clara agradeció esa interrupción más de lo que quería admitir.

—Sí, cielo —respondió—. Dame un minuto.

Antes de irse, Marcus se volvió hacia Clara una última vez.

—Ten cuidado —dijo—. Álvaro no va a parar solo porque tú se lo pidas.

Clara asintió. —Lo sé.

Cuando se quedó sola otra vez, entendió algo con una claridad dolorosa: Álvaro ya no era solo un error del pasado. Era una amenaza al equilibrio frágil que estaba construyendo.

Y Marcus… Marcus era el riesgo más grande de todos.

Porque con él no se trataba solo de cuerpo.

Se trataba de quedarse.

Y eso daba mucho más miedo.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App