La hípica estaba casi vacía aquella tarde. El aire tenía ese silencio espeso que solo aparece cuando algo está a punto de romperse. Clara lo notó nada más llegar: los caballos inquietos, el cielo gris, su propio cuerpo demasiado alerta para ser un día normal.
Había decidido quedarse más tiempo, limpiar material, ordenar la cuadra. Cualquier cosa que le evitara pensar. Pero pensar era inevitable.
Álvaro apareció sin avisar.
No hizo ruido. No dijo nada al principio. Simplemente estaba allí, apoya