Entre caballos y miradas
Entre caballos y miradas
Por: P. Wolf
Un lunes cualquiera

El sol de la mañana entraba a través de los ventanales del establo, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire como diminutos destellos dorados. Clara estaba arrodillada junto a Torbellino, un caballo marrón enorme con una mirada que a veces parecía entenderla demasiado bien. Sus botas estaban manchadas de barro y el delantal cubierto de heno, pero no le importaba. Le gustaba ensuciarse mientras trabajaba; al fin y al cabo, esa era su vida.

—Vamos, Torbellino —susurró, acariciando su crin—. Hoy necesitamos que te portes bien. No quiero empezar la semana discutiendo contigo.

Al fondo, los cascos de otros caballos golpeaban el suelo, acompañados por risas y voces de niños que empezaban sus clases. Clara suspiró. Le encantaba su trabajo, sí, pero no podía dejar de pensar en lo agotador que era lidiar con la presión constante de sus padres.

Su teléfono vibró en el bolsillo del delantal. Era un mensaje de su madre: “Clara, ¿todavía sin novio? Ya deberías pensar en algo serio…”

Rodó los ojos. Siempre lo mismo. Se frotó la frente mientras pensaba en la respuesta perfecta, cargada de sarcasmo: “Mamá, estoy ocupada enseñándole a los caballos a comportarse. Ya vendrá alguien cuando tenga tiempo.” Nunca se la enviaba, pero le ayudaba a calmarse.

—¿Todavía ensayando tu discurso para mamá o ya vas a ponerte a trabajar? —la interrumpió Laura, su amiga y compañera, sosteniendo un pony gris que parecía más interesado en comer heno que en la clase.

—Shh, que me escucha —replicó Clara con una sonrisa traviesa—. Si se enfada Torbellino, que sea por mí, no por mí contándole mis dramas familiares.

Laura soltó una carcajada y la empujó ligeramente.

—Solo espero que no le des demasiada conversación. Ya sabes cómo es… se cree el jefe.

Mientras preparaban la pista, un coche negro elegante apareció en la entrada de la hípica. Clara alzó una ceja. No era un lugar donde la gente acostumbrara a venir con coches de lujo.

—¿Quién será este? —susurró Laura, mientras observaba cómo un hombre bajaba del vehículo con paso seguro, impecablemente vestido, pero con un aire relajado que no parecía calculado—. Parece… de esos tipos que tienen todo bajo control.

Clara frunció el ceño, intrigada. Se acercó a la entrada justo cuando el hombre llegaba a la recepción. Tenía alrededor de treinta años, cabello oscuro cuidadosamente peinado, y una mirada intensa que se fijaba en ella sin ser invasiva, pero lo suficientemente directa como para hacerla sentirse consciente de sí misma.

—Buenos días —dijo él, con voz firme pero tranquila—. Busco clases de equitación para mi hija. Tiene seis años.

Clara parpadeó, un poco sorprendida. No era habitual recibir a clientes así, y mucho menos con una niña tan pequeña.

—Claro, tenemos clases para esa edad. Soy Clara, la monitora —dijo, esforzándose por sonar profesional mientras sentía un cosquilleo extraño en el estómago.

—Encantado, soy Marcus —respondió él, estrechando su mano con firmeza—. Y esta es Mara —dijo, señalando a una niña rubia que lo miraba con curiosidad y un poco de timidez desde el coche.

—Hola, Mara —dijo Clara, agachándose hasta quedar a su altura—. ¿Te gustan los caballos?

—Sí… quiero montar uno grande —respondió Mara, con una sonrisa que hacía que Clara sintiera algo cálido en el pecho.

—Entonces creo que nos vamos a llevar bien —dijo Clara, sonriendo mientras la guiaba hacia un poni tranquilo llamado Nube—. Pero aviso: no todos los caballos son tan fáciles de impresionar como tú pareces pensar.

Marcus soltó una pequeña risa que hizo que Clara se sintiera un poco más relajada.

—Eso suena a desafío. Me gusta.

Laura, que observaba desde un poco más atrás, murmuró a Clara:

—Ese hombre tiene pinta de que no se deja impresionar fácilmente… ni por ti.

—Ni él ni yo —respondió Clara, con una media sonrisa mientras ajustaba la rienda de Mara—. Pero bueno… que empiece la diversión.

La primera clase fue más fácil de lo que Clara esperaba. Mara se movía con gracia natural, escuchaba atentamente y, sobre todo, tenía un entusiasmo que resultaba contagioso. Marcus no dejaba de mirarla de vez en cuando, pero sin interrumpir; había algo en su manera de observar que hacía que Clara se sintiera curiosa, pero también… un poco nerviosa.

Al terminar, Marcus se acercó para agradecerle.

—Gracias, Clara. Se nota que tienes paciencia. Y cariño. Mara se lo está pasando genial.

—Gracias —dijo Clara, intentando no sonrojarse—. Es fácil con alguien motivado. Y… bueno, con un poco de suerte, tal vez hasta tú aprenderías algo de caballos.

—Tal vez —dijo él, esbozando una sonrisa que era más que una sonrisa profesional. Clara sintió un calor extraño en el pecho, pero apartó la mirada—. Por ahora me conformo con observar cómo lo haces tú.

Mientras se despedían, Clara no pudo evitar mirar cómo Marcus y Mara se alejaban hacia el coche. Había algo en él que le provocaba curiosidad… y un poco de nerviosismo que no esperaba. “A ver si me toca un cliente así todos los días…” pensó, divertida consigo misma.

Laura la alcanzó mientras guardaban el equipo.

—Si sigues pensando en él así, te vas a meter en problemas —dijo, sonriendo de manera cómplice.

—Nah… solo es un cliente —respondió Clara, aunque en el fondo sabía que algo dentro de ella ya estaba intrigado.

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