Los túneles parecían no tener fin. El aire estaba impregnado de un olor rancio, una mezcla entre humedad, sangre y podredumbre que se volvía más intenso a cada paso. Las antorchas, clavadas a las paredes de piedra, chispeaban débilmente, proyectando sombras que parecían moverse por voluntad propia.
—Elio, ¿qué es este lugar? —preguntó Sareth mientras avanzaban con cautela—. Todo es diferente a todo. La habitación donde me tenía Castiel parecía hecha de mármol blanco, pacífica y horrible a la ve