El pasillo era angosto y húmedo, con un olor a piedra vieja mezclado con el metal oxidado de las antorchas. El aire pesaba. Podía sentirlo—una energía densa, casi pegajosa—que oprimía su pecho. Trató de invocar su poder, el fuego que siempre respondía a su voluntad, pero apenas una chispa tembló entre sus dedos antes de extinguirse. Frunció el ceño, sin entender qué estaba pasando.
—Vamos… —murmuró, apretando el puño. Nada.
—No te esfuerces, querida. —Myra camino hacia ella, con su sonrisa torc