Sareth estaba encadenada al frío metal de la pared, sus muñecas sangraban ligeramente por las marcas de los grilletes, y su respiración era corta, entrecortada. Cada músculo de su cuerpo clamaba por descanso, pero el cansancio apenas le daba tregua; el miedo, la frustración y la rabia bullían en su interior, un volcán a punto de estallar. Sabía que Myra vendría, y con ella, la promesa de dolor.
La puerta chirrió al abrirse, y Myra apareció, su silueta iluminada por la luz tenue que colaba por l