Kael estaba en su oficina, rodeado de papeles y documentos, tratando de cerrar todos los pendientes antes de que el día se deslizara hacia la noche. Aquella semana había sido una de las más agotadoras: el culpable del ataque a Sareth aún estaba libre, oculto en las sombras, burlándose de sus esfuerzos por atraparlo. Y ahora, encima de todo, estaba la estúpida fiesta que Aziel había insistido en organizar. Kael no podía concentrarse del todo; sus ojos no dejaban de mirar el reloj. La comida se a