Myra estaba parada fuera de la oficina de Kael. Había estado insistiendo toda la mañana para hablar con él, pero simplemente la ignoraba.
Cuando ya se iba, la puerta se abrió.
Allí estaba Sareth, con la mano entrelazada a la de Kael. Estaban juntos.
—Kael… no puedo creer esto. ¿Qué haces tomado de la mano con esta… abominación? —gritó Myra, roja de rabia.
—Cuida tus palabras, Myra. —Kael respondió con la voz firme, corta de paciencia.
—Me has ignorado toda la mañana y todo por esta maldita…
—No