El ambiente en la oficina era tan espeso que parecía que se podía cortar con una daga. Ni Kael ni Aziel pronunciaban palabra alguna, y el silencio solo era interrumpido por el crujido ocasional de la madera vieja del castillo o por el golpeteo lejano del viento contra los ventanales. La oficina estaba sumida en una penumbra inquietante, iluminada únicamente por las llamas titilantes de dos candelabros de hierro forjado sobre el escritorio. Las sombras danzaban en las paredes de piedra, retorcié