La escena lo golpeó como un vendaval.
La puerta cedió bajo su mano y Kael dio un paso dentro de la habitación… y el mundo se detuvo.
Un rojo profundo lo cubría todo. No era solo un poco de sangre: había un charco enorme. La piedra fría estaba teñida y el olor metálico le inundó la garganta hasta casi hacerlo vomitar.
El corazón de Kael se encogió al instante. Allí, en el suelo, estaban Sareth y Eris.
Sus cuerpos yacían inmóviles, envueltos en un silencio que pesaba más que cualquier grito. La s