El camino hacia el castillo se había hecho más pesado de lo que cualquiera quisiera admitir. Nadie hablaba, aunque el silencio no era cómodo: era el tipo de silencio que se construye sobre pensamientos no dichos, sobre temores que ninguno quería poner en voz alta.
Sareth caminaba al lado de Kael, un poco detrás de él, aunque en ningún momento se permitió que pareciera una posición sumisa. Era, simplemente, prudencia. Su instinto demoníaco la mantenía alerta: cada piedra del sendero, cada sombra