Sareth se puso en guardia, con un movimiento discreto despertó a Maia, que seguía durmiendo plácidamente.
—Despierta, tenemos compañía.
—¿Dónde? ¿Qué? —Maia estaba aturdida, con el corazón desbocado por el susto y la voz aún cargada de sueño.
—No lo sé, pero puedo sentir que nos observan. Debemos marcharnos ya.
La bruja apenas tuvo tiempo de frotarse los ojos antes de que Sareth la obligara a ponerse en pie. Su tono no dejaba lugar a dudas: había peligro cerca. Ambas recogieron lo poco que tení