Los guardias se alinearon en cuestión de segundos. Las alas extendidas, armas en mano, ojos clavados en las tres figuras que avanzaban desde el valle envueltas en esa bruma oscura que hacía que hasta la luz del castillo se sintiera débil.
Aziel llegó primero, respirando rápido, con una mano en la empuñadura de su espada.
—Mi señor —dijo inclinándose hacia Kael—. La energía… no es hostil, pero es fuerte. Muy fuerte.
Kael no quitó la vista de las figuras que se acercaban.
—Lo sé.
Eris apareció un instante después, algo pálida. No por miedo, sino por reconocimiento. Había vivido lo suficiente en el territorio enemigo como para distinguir niveles de oscuridad.
—Es energía antigua… —murmuró.
Kael mantuvo la postura, firme, pero tenso como un arco a punto de dispararse.
Los demonios finalmente cruzaron la entrada. La bruma se disipó a su alrededor y reveló sus formas con claridad: altos, con armaduras negras que parecían hechas de obsidiana, y ojos que brillaban en tonos que no eran comunes