El castillo estaba demasiado silencioso. Un silencio que no era normal, ni siquiera para un territorio lleno de ángeles disciplinados. Kael llevaba semanas caminando esos pasillos como un condenado, revisando mapas, informes, cartas… cualquier cosa que lo hiciera sentir útil. Pero nada servía. No había rastro de Sareth. Ni una visión. Ni un susurro. Ni una mínima pista que le diera una dirección.
Al principio había intentado mantener la calma, convencerse de que era un caso complicado pero manejable. Pero con el paso de los días, y luego de las semanas, la calma se había evaporado. Lo único que quedaba era una ansiedad que le devoraba el pecho.
En el patio central, los entrenamientos seguían como siempre. Las alas blancas de los guardias se movían con disciplina, los golpes resonaban con precisión… pero cada vez que veían pasar a Kael, bajaban la mirada. No era por respeto.
Era porque su expresión daba miedo.
Su luz, normalmente estable, vibraba como una llama inquieta. Y nadie se atr