Vigilancia Absoluta.
Desde la sala de control en el piso más alto del complejo, los padres de Isela observaban. Cada pantalla proyectaba imágenes precisas, cada dato estaba registrado, cada expresión de los sujetos monitoreados se almacenaba para análisis. La sala estaba silenciosa, excepto por el zumbido constante de los monitores y la respiración medida de ambos.
—Mira —dijo el padre, señalando un nodo en el monitor central—. La rutina de hoy está intacta. Nada fuera de lugar.
—¿Nada? —replicó la madre, con la ceja arqueada—. Revisa el piso veintiocho otra vez. Hay una fluctuación mínima en el sistema de Isela. Apenas perceptible, pero está ahí.
El padre ajustó la pantalla, ampliando el flujo de datos. Gráficos de actividad cerebral, movimientos oculares, patrones de interacción social: todo. Y, en efecto, un parpadeo en la señal, un corte de segundos, se repetía en la secuencia diaria de Isela. Un residuo de interferencia que no podían rastrear hasta su origen.
—Tres segundos exactos —dijo el padre, co