Ruido.

El sonido.

Eso fue lo primero que volvió.

No un sonido real, no el eco del metal ni el murmullo de los monitores. Era algo más bajo, interno. Como un pulso, un zumbido débil que no venía del exterior, sino de algún punto profundo dentro de su cabeza.

Un latido.

Los Centinelas no debían tener latidos.

Kain abrió los ojos.

La sala de contención estaba bañada en una luz azul constante. Columnas de energía vibraban en los bordes del campo que lo rodeaba, creando un brillo suave que distorsionaba el
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