Poderes y Paciencia.
El refugio olía a humedad y madera vieja, y la luz débil que entraba por las ventanas rotas apenas iluminaba las paredes cubiertas de grafitis y polvo. El silencio era pesado, interrumpido solo por el eco lejano de pasos que parecían inventados por su propia imaginación. Leo dejó la mochila sobre una mesa desvencijada, y el cuaderno azul descansó sobre la superficie con un brillo tenue.
—Esto… —susurró Isela, con la voz entrecortada—, no deja de moverse.
El cuaderno parecía latir bajo sus manos