Tiempo Límite.
Damian corría al frente, cada paso resonando sobre el asfalto mojado, con la pistola en mano. Isela tropezaba ligeramente, tratando de mantener el ritmo, y Leo sostenía la mochila con el dispositivo como si fuera lo más frágil del mundo, consciente de que un solo error podía condenarlos.
— ¡Aquí! —Gritó Damian, señalando un par de autos abandonados a un costado de la calle—. Dos deben bastar para dividirnos.
Sin mediar palabra, Leo y él saltaron al primero. Isela se quedó unos segundos indecisa