Nivel Trece.
El aire dentro del laboratorio era distinto. No olía a polvo ni a metal, sino a algo más frío, más clínico, como si cada respiración fuera purificada antes de tocar sus pulmones.
Las paredes, revestidas de acero blanco con grietas del tiempo, reflejaban destellos intermitentes de luces rojas que titilaban en silencio.
Isela avanzó con cautela. El pasillo se extendía ante ellos como una herida abierta en el subsuelo, el eco de sus pasos multiplicándose entre conductos rotos y puertas selladas.
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