Llaves.
La detonación del disparo rebotó entre las paredes húmedas, un estruendo seco que rompió el zumbido constante de la lluvia. Por un segundo, nadie respiró. Solo el olor a pólvora se mezcló con el óxido y la humedad, creando una nube invisible pero asfixiante.
Isela se había movido sin pensar, puro instinto, como un animal acorralado. El sobre se le escapó de las manos, cayendo al suelo y abriéndose como una herida; las páginas se esparcieron en el charco, flotando como hojas muertas.
Leo fue el