Enemigos.
El olor a óxido y humedad era tan fuerte que Isela sentía que se le metía en los pulmones. Cada respiración era un esfuerzo, como si tragara agua. El sobre con las páginas estaba pegajoso entre sus manos; el plástico frío era lo único que le daba sensación de realidad. Damian permanecía a un paso de ella, encorvado, el cabello mojado pegado a la frente, los hombros tensos como un resorte a punto de saltar. Livia observaba cada movimiento, el cuchillo aún alzado aunque su pulso temblaba.

—No tene
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