Leo al Límite.
El laboratorio ya no era solo un espacio de trabajo; era un reflejo de la mente fracturada de Leo.
Cada equipo que emitía un pitido irregular, cada luz parpadeante, cada cable que colgaba del techo y se enredaba en el suelo, parecía tener conciencia propia, como si compartieran su obsesión por el control absoluto.
Las pantallas mostraban fragmentos de ciudades, personas y eventos que el punto ciego ya no podía mantener en su totalidad bajo su dominio. Cada anomalía era un recordatorio doloroso