Calma Repentina.
La nave abandonada olía a óxido y a polvo húmedo. Las gotas de lluvia se filtraban por el techo roto y caían con un ritmo irregular sobre el suelo de cemento. El eco de los motores afuera era un recordatorio constante: no había escapatoria, solo tiempo prestado.
Damian dejó caer el casco de la moto al suelo. Rodó un par de metros y se detuvo contra una caja de herramientas. Sus manos estaban manchadas de aceite y sangre seca; su respiración, contenida.
Isela se sentó en una caja, los ojos abiert