Infiltrados.
El silencio del pasillo subterráneo era engañoso. Cada tubo oxidado que goteaba agua, cada chispa eléctrica que salía de un panel roto parecía amplificar el eco de sus pasos. Nadie hablaba; cada uno sabía que un solo sonido de más podía alertar a los Centinelas.
Isela sentía que el cuaderno latía en su mochila como si fuera un corazón vivo, acelerado, inquieto. Su luz azul, filtrándose entre las costuras de la tela, iluminaba débilmente el rostro de Damian, que avanzaba al frente con un arma im