El Segundo Día.
La luz del amanecer no llegó de golpe: reptó lentamente desde el horizonte, un hilo tímido de claridad que apenas lograba atravesar la bruma pegajosa que cubría el paisaje.
El camino frente a ellos era una línea hundida entre pastizales secos, retorcidos, como si la noche hubiera absorbido toda su humedad.
Cayden caminaba unos pasos por delante, su paso constante, mecánico, adaptándose a la irregularidad del terreno con una facilidad antinatural. Pero cada tanto, cada tres o cuatro segundos, mi