Sin Descanso.
El sol cayó lentamente, como una moneda sucia hundiéndose en un charco, y el cielo comenzó a teñirse de un naranja enfermo. El segundo día fuera del Consejo se había sentido interminable, con un peso extraño sobre sus cuerpos, como si los kilómetros recorridos fueran plomo acumulado en huesos ya fatigados desde antes de partir.
Isela caminaba con pasos tambaleantes. Ya no levantaba bien los pies; tropezaba con raíces invisibles, piedras que no estaban ahí, sombras que parecían moverse.
Su respi