El Juego.
Las luces del coche en la esquina parpadeaban, y el hombre del traje avanzaba con el arma en alto. Damian mantenía su pistola apuntando, calculando cada paso, mientras Livia, a espaldas de Isela, recogía el cuchillo otra vez, temblando entre el instinto de pelear y el miedo de perder.
Leo no se movió de inmediato. La voz de su hermana lo había detenido como una mano invisible cerrándose sobre su pecho. Los ojos oscuros, entrenados para leer peligros, ahora sólo veían el rostro de Isela, empapado