Cuando Nadie Decide.
La comunidad no colapsó de golpe, y eso fue lo peor.
No hubo una explosión, ni una revuelta inmediata, ni una escena clara que pudiera señalarse como el momento exacto en que todo se rompió.
El colapso fue lento, casi educado. Un desgaste progresivo, una erosión silenciosa que se llevaba, primero, las certezas pequeñas; después, las grandes; y por último, la confianza mínima que hacía posible convivir.
El punto ciego mostró la escena sin adornos.
Una plaza amplia, construida para reuniones que