El Alivio de Obedecer.
El silencio que quedó después de la ciudad estable fue distinto a los anteriores.
No era el silencio pesado del caos, ni el vacío expectante de las imágenes fragmentadas. Era un silencio cómodo, casi amable.
Isela lo reconoció con una claridad que la incomodó profundamente: era el mismo silencio que seguía a una orden bien ejecutada, a una decisión tomada por otro.
El punto ciego no mostró nada durante largos segundos. No porque no tuviera información, sino porque parecía observarlos a ellos.
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