Aquí Estabas.
Las alarmas no dejaban de aullar, pero era el edificio el que realmente gritaba. Un crujido profundo, casi animal, recorría las paredes como si la estructura entera se retorciera por dentro. El piso vibró bajo sus pies y una lluvia fina de polvo cayó desde el techo, pegándose a su piel sudada.
Isela se obligó a seguir corriendo. Su garganta ardía por la mezcla de humo, polvo y ese sabor metálico que siempre anunciaba el colapso.
—¡Isela! —la voz de Livia, quebrada, casi infantil.
—¡No te deteng