La Separación.
El metal frío del pasillo devolvía cada respiración como un eco débil, un recordatorio de lo cerca que estaban del colapso. Isela apoyó una mano temblorosa contra la pared, sintiendo cómo la piel se le pegaba al metal por la mezcla de sudor seco y fiebre.
Su garganta ardía; hacía horas que no bebía agua y cada trago de saliva raspaba como cristales rotos. Livia caminaba a su lado, cojeando, pero con el mentón firme. No se quejaba, nunca lo hacía, aunque cada movimiento le arrancara un gesto de