La niebla se arremolinaba en los contornos de Lirien, cubriendo los jardines colgantes del castillo con un manto espectral que hacía que las estatuas parecieran moverse al ritmo de una música invisible. Ainge caminaba junto a Kael por los senderos empedrados, el roce de sus manos siendo el único calor verdadero en aquella fría mañana. Cada paso estaba impregnado de la tensión que surgía del conocimiento de que el Pulso del Mundo no era un enemigo visible, sino un juez invisible, que medía su fu