El Valle de las Cicatrices estaba silencioso, salvo por el silbido del viento que recorría las piedras gastadas y los mojones tallados con runas de advertencia. Kael llegó antes que nadie. Vidar descendió lentamente, sus alas plegadas, y el dragón se posó en la colina que dominaba la línea fronteriza. Desde allí, Kael podía observar cada movimiento, cada sombra de Lirien que se aproximaba. La disciplina de su pueblo le había enseñado que la paciencia, como el acero, puede cortar más profundo qu