El documento permaneció sobre la mesa toda la noche, arrugado apenas por el propio peso de la tinta y el viento que se filtraba por la tienda de campaña. Kael no lo tocó. No por miedo, ni por superstición, sino por disciplina. En Skarn, todo lo que se evita mirar demasiado pronto suele ocultar una trampa. Y Ainge de Lirien —hechicera, protegida de un rey sin magia— no era una mujer que enviara papeles por cortesía.
El amanecer apenas comenzaba a teñir de rojo los picos lejanos del Valle de las C