El cielo finalmente se rompió.
No con un trueno ni con una tormenta, sino con una grieta silenciosa, lenta, casi reverente. Como si el mundo mismo hubiese llegado al límite de su resistencia y decidiera ceder sin luchar más. La penumbra que había dominado el Valle durante días se condensó en una fisura de luz oscura, suspendida sobre el Corazón del Valle, justo donde los antiguos sellos se entrelazaban como raíces petrificadas.
Ainge sintió el momento exacto en que el equilibrio dejó de existir