El silencio que siguió no fue vacío.
Fue denso. Expectante. Como si el mundo entero hubiera quedado suspendido entre dos latidos, incapaz de decidir si debía seguir respirando o rendirse por completo. El Corazón del Valle seguía brillando, pero su luz ya no era caótica: pulsaba con una cadencia irregular, viva, como un órgano que acabara de despertar tras siglos de letargo.
Ainge y Kael permanecían de pie frente a él.
No avanzaban.
No retrocedían.
Ambos sabían que ese instante —ese margen mínim