El amanecer no llegó como debía.
No hubo una línea clara entre la noche y el día, ni un cielo que se aclarara lentamente. En su lugar, el mundo pareció suspenderse en una penumbra espesa, como si incluso el sol dudara antes de mirar lo que estaba ocurriendo en el Valle. La luz era difusa, grisácea, filtrada por una ceniza que ya no caía, sino que flotaba, inmóvil, desafiando toda lógica natural.
Ainge llevaba horas despierta.
No había dormido desde la separación. Su mente se negaba a descansar;