El Valle gritó.
No con sonido, sino con una presión insoportable que se filtró en los huesos, en la sangre, en los recuerdos más antiguos de quienes aún tenían un lugar en la historia. Las montañas parecieron inclinarse, no por miedo, sino por reconocimiento. El cielo, resquebrajado en hilos invisibles, dejó caer una luz enfermiza, como si el amanecer hubiera olvidado su propósito.
Kael cayó de rodillas.
No por derrota, no por herida visible, sino porque el fuego dentro de él se quebró en dos d