El mundo no se rompió de inmediato.
Primero tembló, como si dudara.
El Valle quedó suspendido en una quietud antinatural tras el último latido, una pausa tan profunda que incluso el viento pareció olvidar cómo moverse. La luz enfermiza del cielo se estabilizó en un tono ceniciento, y durante un breve instante, todos —soldados, magos, conspiradores y testigos involuntarios— compartieron la misma sensación: la certeza de que algo irrevocable acababa de suceder, aunque aún no comprendieran qué.
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