La noche había caído sobre las Tierras Sombrías como un velo espeso, una neblina viva que no solo ocultaba la tierra, sino que parecía observarla. No era una oscuridad pasiva: respiraba, se contraía, murmuraba con voces antiguas. Kael lo sintió incluso antes de desmontar. Vidar también. El dragón batió las alas una sola vez, inquieto, y el aire se onduló con un calor contenido, como si el fuego mismo dudara de encenderse.
Ainge descendió después, con una gracia que ya no era la de la hechicera