El amanecer no llegó de golpe. En las Tierras Sombrías, la luz no irrumpe: se filtra con cautela, como si incluso el sol temiera despertar aquello que duerme bajo la ceniza. Una claridad lechosa comenzó a deslizarse entre la niebla, revelando contornos imprecisos, sombras que parecían moverse aunque nada las tocara. Ainge llevaba horas despierta cuando el cielo empezó a cambiar.
Estaba sentada cerca de la entrada de la caverna, con las piernas recogidas y la espalda apoyada contra la roca fría.