El regreso a Lirien no fue un viaje, sino una herida que se abría paso por el mundo. El cielo, antes herido de gris y rojo en el Valle de las Cenizas, parecía arrastrar su eco hasta los bosques élficos, tiñendo las hojas de un tono cobrizo imposible. Ainge lo notó incluso antes de cruzar los límites del reino: la magia cotidiana de Lirien —esa presencia suave, casi maternal que envolvía caminos, fuentes y hogares— estaba alterada. No rota. Tensa. Como un arco demasiado tiempo cargado.
Kael caba