El cielo sobre las Tierras Sombrías no era negro aquella noche. Era de un gris hiriente, como una herida que nunca terminaba de cerrar, atravesado por vetas rojizas que palpitaban con una cadencia lenta y antinatural. Ainge lo sintió antes de verlo. La ceniza que guardaba siempre consigo, aquella reliquia diminuta y sagrada, vibró contra su pecho como un corazón que no era suyo.
Kael también lo sintió, aunque no supo nombrarlo. Para él fue un cambio en el viento: dejó de ser frío y se volvió de