El amanecer se filtraba por los resquicios del bosque ancestral que rodeaba las Tierras Sombrías como un manto de niebla plateada. La luz no llegaba con suavidad; se precipitaba entre los troncos torcidos, atravesando las hojas marchitas que aún conservaban un vestigio del otoño. Ainge caminaba delante de Kael, sus dedos rozando las ramas que amenazaban con arañarle el rostro, y cada movimiento era medido, controlado, como una danza que necesitaba precisión absoluta. La ceniza que llevaba consi