El silencio que siguió a la retirada de la entidad ancestral no fue un alivio, sino una herida abierta.
Lirien despertaba lentamente entre columnas agrietadas, tapices quemados y el olor persistente de ceniza y magia rota. Los sirvientes caminaban con pasos temerosos, los guardias mantenían las manos tensas sobre las empuñaduras, y en cada mirada había una pregunta que nadie se atrevía a formular en voz alta: ¿cuánto de aquel horror había terminado realmente?
Ainge permanecía de pie en uno de l