El amanecer había teñido las torres de Lirien con un oro pálido que parecía frágil ante la amenaza que se cernía sobre la ciudad. Ainge y Kael regresaban de la Plaza de la Ceniza con los músculos tensos y los sentidos agudizados. Cada paso sobre las piedras antiguas del palacio resonaba como un recordatorio de que, aunque habían vencido la manifestación exterior de la entidad ancestral, su sombra aún acechaba dentro de los muros.
—Algo cambió durante la batalla —dijo Ainge, la voz apenas un sus