El sol se alzaba débil sobre el horizonte, apenas capaz de perforar las nubes bajas que cubrían el Valle de las Sombras. La luz filtrada bañaba el paisaje en tonos grises y dorados, resaltando la aspereza del terreno y la cicatriz de antiguas batallas. Cada piedra, cada árbol retorcido, parecía llevar un fragmento de memoria, y la Ceniza que Ainge sostenía temblaba suavemente, resonando con la energía latente en el aire. La entidad ancestral, invisible pero presente, pulsaba como un corazón que